El crimen de moldear la arena
Sorprendentemente, una excavadora ha sepultado las obras de arena del escultor Karim tras meses embelleciendo la playa del Zapillo.
Me he quedado ojiplática al leer el artículo de Manuel León en La Voz de Almería, publicado justo en la víspera de San Juan. En él se relata cómo una excavadora —con su pertinente permiso— arrasó las esculturas de arena que Karim, con paciencia y talento, había levantado en la playa del Zapillo. Aquellas figuras —un caimán, un león, un camello y hasta un pueblecito rodeado de árboles— convertían una playa más bien gris en un rincón único. ¿De verdad en este país es más fácil aplastar la belleza que protegerla?
Karim no hacía daño a nadie. Todo lo contrario: ofrecía arte a pie de playa, sin cobrar entrada, sin molestar, sin ensuciar. Su obra resistió el viento, la lluvia, e incluso el vandalismo ocasional. Pero no pudo con la burocracia. Durante meses cuidó de esas esculturas con el mismo mimo con el que un jardinero riega su maceta. ¿Qué amenaza representaban para las normas municipales o para la seguridad de vecinos y turistas?
Mi padre solía decirme: “Hija, trabajar con honra no es deshonra”. Y eso es lo que hacía Karim: trabajar con sus manos, con dignidad. ¿A quién molestaba que ofreciera su talento a cambio de unas pocas monedas en un plato? ¿Molesta más un escultor que embellece que los residuos que muchos dejan tras un día de playa?
No se trata de cuestionar las normas que protegen nuestras costas. Es razonable exigir licencias para actividades comerciales o estructuras permanentes. Pero, ¿de verdad no hay forma de distinguir entre un negocio y una expresión artística efímera y respetuosa? La obra de Karim no tenía maquinaria, ni instalaciones, ni ánimo de lucro. Y, sinceramente, dudo que lograra reunir ni siquiera el salario mínimo interprofesional.
Tenemos que repensar cómo tratamos el arte callejero, el arte espontáneo, el arte hecho sin permiso pero con propósito. ¿No sería más inteligente y humano permitirlo —siempre que no cause daño— y darle un espacio digno en nuestras ciudades? Antes de demoler, antes de arrasar con una pala, ¿nadie se detuvo a pensar en el impacto positivo que generaban esas esculturas?
Esto no va de convertir a Karim en mártir. Va de entender que su arte creaba una conexión emocional real con el entorno. ¿Quién no se ha parado a admirar sus esculturas, a sacar una foto, a sonreír? Ese tipo de experiencias, gratuitas, inesperadas y bellas, son las que hacen especial a un lugar.
Reflexión
¿Qué nos está pasando para que lo espontáneo, lo artístico, lo humano, se vea como una molestia a erradicar? Me encantaría escuchar qué tiene que decir el Ayuntamiento de Almería. Porque, honestamente, cuesta entender que en una ciudad ahora difícil de recorrer —llena de obras, y no precisamente de arte—, se dediquen recursos a destruir algo que solo generaba admiración.
Podríamos tener un turismo cultural potente si protegiéramos a quienes lo nutren con arte. Pero preferimos ignorarlos… o pasarles por encima con una excavadora.
No es delito ser artista
Ser artista no es delito. Debería ser motivo de orgullo. Y proteger el arte —aunque sea efímero— debería ser una prioridad, no un estorbo. Porque lo que hizo Karim fue cambiar la percepción de un lugar con nada más que arena y cuatro manos. Eso también es turismo. Eso también es cultura. Eso también es ciudad.
Si el arte no molesta, que fluya. Si no daña, que viva. Y si embellece, aunque solo dure unas horas, que lo respetemos. Porque en esa arena no solo había esculturas. Había corazón, ilusión y talento. Y si eso nos parece peligroso, es que estamos entendiendo el mundo al revés.
En fin… ¡Larga vida al arte y al talento que además atrae la curiosidad de nuestros vecinos y turistas!

